Con suavidad el motor diesel ronroneaba arrullándonos en la noche. Tras girar suavemente a la izquierda enfilamos el puente Carranza, recién remozado, luciendo su tercer carril reversible, delineado entre filas de luces amarillas, como si de una pista de aterrizaje sinuosa se tratase. No se movía la más mínima brisa y la Bahía se mostraba como un espejo azabache, pues la luna aún no había asomado. A mi izquierda brillaban como espadas de fuego los reflejos de las farolas de la Barriada de la Paz mientras que a la derecha titilaban las luces de San Fernando. Con pícara complicidad percibí por el rabillo del ojo el guiño rojo y verde de las balizas que muestran la canal hacia La Carraca, refugio y descanso ocasional de nuestro infatigable viajero Elcano. Entonces, matizadas por dos gotas de mar que asomaron a mis ojos, se convirtieron en estrellas las luces de los coches que, en dirección opuesta a la nuestra, entraban en Cádiz.