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  • TRAVESIA CADIZ GELVES

    28 de febrero de 2009

    5:00 am: por fin suena el despertador. He perdido la cuenta de las veces que he mirado el reloj esta noche. Fuera se oye el suave repiqueteo de una lluvia pausada que promete acompañarnos durante la travesía. El cielo está anaranjado, reflejo de la luz que desprende la ciudad, devuelto por la capa de nubes que nos cubre.
    Intento calmar las mariposas de mi estómago con un café caliente con galletas. Me visto, recojo mis pertrechos y salgo a la calle. Lejos de estar desierta, la ciudad bulle con los noctámbulos que apuran la noche de carnaval. Desde el Paseo Marítimo se divisa el parpadeo de la boya ANA, lo cual me tranquiliza, pues parece que, a pesar de todo, tendremos buena visibilidad.

    5:50 am: suena el móvil mientras bajo la Cuesta de las Calesas. Es Racoon, que animado me pregunta si va arrancando el motor, a lo que asiento decidido. A mitad del rompeolas de la Punta de San Felipe bajo del coche a echar otra miradita. Ha cesado la lluvia y se distinguen las luces de Rota. “Bien, bien, muy bien”, voy pensando mientras el corazón acelera su paso. Llegado a Puerto América me recibe un profundo ronroneo al que se suma el chof-chof de la refrigeración del motor. Nos saludamos con alegría y emoción por el día que nos espera. 24 horas antes habíamos desistido de salir. De los 5 iniciales, 3 tuvieron que retirarse de los planes, por diversos motivos. Así que allí estábamos, los dos, dispuestos a trasladar al Samba a su nuevo hogar, el Puerto de Gelves.
    El Samba es un West Wind 35, un magnífico barco. Aplomado, de proa lanzada y figura hermosa, estable y cómodo. Y muuuuuuy grande, para mí al menos, acostumbrado a los 18 pies del Albatros que me tiene como armador.
    Bajamos a la cabina, a planear la derrota. Salir por la bocana, a babor, para dar rumbo a la boya “El Diamante”. De allí, rumbo 300º hasta “El Quemado”, que dejaríamos por estribor, y 30º más para dejar resguardo suficiente a los bajos de Salmedina. Unas 15 millas que pensábamos cubrir en 3 horas, para no forzar la máquina.

    6:15 am: soltamos amarras. Sin prisa realizamos una salida intachable. No hay ni viento, ni público mirando, los dos factores de riesgo de mayor peso a la hora de un rozón contra el pantalán, o contra otro barco. Mientras Racoon enfila la bocana voy arranchando las amarras y subiendo las defensas. Nos queda un largo camino y hay tiempo. Nos espera una mar tranquila, con olas de medio metro separadas más de 10 segundos, y el Samba inicia un suave cabeceo, abriendo las aguas sin el menor pantocazo. 1750 rpm. SOG 5.4 kn.

    6:30 am: unas tímidas y dispersas gotitas nos anuncian la llegada de quien había prometido acompañarnos. Llueve. Cae mansamente, sin rachas, sin arremolinamientos, tan típicos de nuestra tierra. Cae mansa, pero incansablemente. No llega a ocultarnos la costa. Transforma el cristal azabache sobre el que nos movemos en una pradera de hierba recién segada, cuyos brotes comienzan a salir, erizando la superficie del agua. Un café, bendito regalo, reconforta nuestro interior, el cuerpo tan sólo, pues el ánimo está en todo lo alto. Hemos dejado a estribor “El Diamante”, Gp D (4) R. 12s y, apuntando al 300º, buscamos “El Quemado”, que de momento no se deja ver.

    7:00 am: Tomo demora a la boya “Las Cabezuelas”, Gp D (4) R. 10s, 40º, y al Faro de Rota Oc. 4s, 340º. Bajo a comprobar la carta, y estamos donde creemos estar. Va bien la cosa. Efectivamente, al poco, aparece a 10º por estribor la boya “El Quemado”, Gp D (2) R, que rebasamos en torno a las 7:45 am. Lleva una hora lloviendo sin parar. El chaquetón y el pantalón impermeables cumplen con su misión, pero las zapatillas de deporte (craso error) han sucumbido. Mis pies empiezan a sentir la humedad, por lo que los envuelvo en sendas bolsas de plástico, que de momento dan el apaño. Más café. Racoon enreda con el GPS y el piloto automático, manuales en mano (que para eso se llaman manuales). Consigue a base de tesón ponerlos en funcionamiento y arrumbando al 330º fijamos nuestro próximo hito para dar un resguardo razonable al Bajo de Salmedina. Bajamos ambos un momento a la cabina, a repasar la carta. Sin embargo la falta de costumbre, la falta de experiencia, la falta de confianza en el piloto... no nos deja estar tranquilos. Un minuto después estamos ambos arriba, mirando el horizonte. Cádiz ya no se ve.

    8:00 am: hora del orto (en realidad, las 7:57 am), aunque el sol no se vea por ningún lado. Ya podemos vernos las manos sin necesidad de las útiles linternas de frente. Sin embargo la salida del sol hace que se apaguen nuestras guías. La costa está envuelta en una neblina. Sabemos que está ahí, por estribor, y vislumbramos su relieve, mas ningún detalle se muestra a nuestros ojos. Tan sólo el faro de Chipiona, D 10s, parece sabedor de nuestra presencia, e insiste en mostrarnos su poderío. No en vano, con sus 69 m de altura es el faro más alto de España y lleva más de 140 años llevando tranquilidad a los marineros de la zona. Van pasando los minutos y la lluvia continúa su pertinaz hostigamiento.

    9:00 am: luz mortecina, pero luz al fin y al cabo, agua gris azulada, ya no llueve. Han sido dos horas y media de ducha ininterrumpida. Nos hemos quitado los mitones, empapados, y tras escurrirlos los colgamos a secar. A poniente se ven zonas de cielo, entre nubes. Ya es algo. Hago pruebas con la PDA, una Palm T|X unida mediante un hilo invisible a la pequeña antena GPS bluetooth. El Pathaway cumple con su cometido y me muestra la situación sobre unas cartas escaneadas, y calibradas a mano. Coincide con nuestra opinión. Dice que estamos donde estamos, lo cual consuela. La navegación costera es lo que tiene, más que saber dónde estás, tienes que saber que no estás donde no quieres estar. Yo me entiendo. Más café.

    9:30 am: la Laja de Fuera y la Restinga el Erizal velan amenazadoras, pero las vemos desde lejos. A babor un mercante aguarda fondeado, imagino que a la espera de una marea favorable para subir el río. Una cabecita de pelo rizado y ojos negros asoma. Se trata de nuestra grumetilla, que amanece después de un sueño reparador. ¡Bendita infancia! 10 horas entre los ángeles, sin inmutarse ante los movimientos y la vibración del motor. Se sienta en la bañera con nosotros y desayuna, menos de lo que le aconsejamos, pero desayuna a fin de cuentas.

    10:00 am: al fondo vemos los restos de un naufragio. Se trata del Weisshorn, barco cargado de arroz procedente de Thailandia y con destino a Sevilla, que finalizó sus singladuras el 27 de febrero de 1994 cuando, según cuentan, un temporal hizo faltar el fondeo, encallando en el “Bajo Picacho”, N 36º 47.3’, W 6º 25.6’. Nos dirigimos a Chipiona, para hacer combustible y no encontrarnos con sorpresas durante la subida. La desaparición de la lluvia ha traído consigo un frío que no hemos sentido hasta ahora. Llamo por radio. Nos indican que, en la bocana, nos acerquemos al espigón de babor.

    10:30 am: una motora que salía nos hace señas para que nos acerquemos “aún más” al espigón de babor. Efectivamente hay un banco de arena que a estas horas, a una hora de la bajamar, se transparenta, cegando la mitad de bocana del puerto. La sonda nos previene. Dos metros y medio de calado, suficiente pie de piloto para los cerca de 2 metros que cala el Samba. Primera etapa del día cubierta con éxito.

    11:30 am: una hora para hacer gasoil, ¡una hora! Gracias a los amables profesionales de la pesca que han aprovechado la ventaja de jugar en casa, superarnos en número y nuestras ganas de no tener problemas, para colarse de la forma más descarada. Que no me vengan con cuentos de que ellos están trabajando y nosotros vamos de paseo. En fin, una vez más, en este mundo hay que pasar de la actitud de algunos para que no te amarguen el día. Nos hubiera gustado iniciar el ascenso algo antes, siguiendo los consejos del cofrade Anboro, pero allá vamos.
    Nos enfrentamos a una corriente que nos hace perder 1.5kn de velocidad, manteniendo el mismo régimen. Listo de mí, intento bordear la canal, dejando pasar por nuestro babor las boyas verdes, pero la sonda nos tira de las orejas y rápidamente desistimos del empeño. Tampoco es cuestión de pinchar, por muy blando que sea el fondo. Subimos vueltas a 2000 para no perder mucho tiempo.
    Vemos el camino que nos marcan las boyas según vamos entrando. Por la aleta de babor distinguimos una larguísima ola, solitaria, resultado del choque de dos titanes: el río que quiere seguir aportando su carga de agua, del color y transparencia del té con leche, y la mar que reclama su derecho a invadir la tierra en su ciclo de mareas. En silencio doy gracias a Dios por no estar en esos momentos en el escenario de tal batalla, pues se adivina su violencia. Más a popa el Weisshorn va quedándose rezagado, por siempre esperando su marea, la que debiera llevarle a Sevilla.

    12:30 pm: un escalofrío eriza la nuca, está entrando una brisa del S. Una mirada nos basta. Sacamos la génova y la cazamos, amurándonos a estribor. El barco apenas escora, ganamos el nudo y medio que nos quitaba la corriente, y para proteger el motor de una mala lubricación por la escora, reducimos a 1500 vueltas. Pero la alegría dura poco. Media hora más tarde, la vela se desinfla y cuelga como una cortina, sin vida. Enrollamos y hasta la próxima.

    13:30 pm: a nuestro estribor, como si de un escaparate se tratase, se despliega Sanlúcar de Barrameda, con casas de colores y una franja de arena que inmediatamente me recuerda las carreras de caballos que en su playa se celebran. Hace más de 7 horas que salimos de Cádiz, y aún no hemos remojado nuestro interior (el exterior sí, en demasía). Salen de la cabina unas cervezas, una tortilla de patatas, aceitunas, chipirones en su tinta y otras delicias que ayudan al espíritu en esta dura travesía. Por babor vemos pasar los últimos pinos de Doñana, que parecen asomarse al río, curiosos de lo que por sus riberas acontezca. Al frente, Bonanza. Curiosa imagen el muro que lo protege, pues a quien por primera vez navega en estas aguas, se le hace el final del río. Un final abrupto, un ¿ya está? sin respuesta. En realidad la respuesta te la da el río poco más adelante, cuando un cambio de dirección te obliga a virar 90º para pasar del 70º al 340º.

    14:30 pm: quedó atrás Bonanza, quedaron atrás los pinares. Poco a poco nos envuelve la tranquilidad de la zona, la ausencia de detalles que rompan el paisaje. A ambos lados pasan lánguidamente arrozales y tierras de labor, con alguna embarcación camaronera que mantiene amenazadoras sus redes, cual si de alas desplegadas se tratase. Un sopor se va adueñando de mí. Más café.

    15:30 pm: hemos decidido que es el momento de pasar a la acción. Ponemos música. “Il Divo” perpetra despiadadamente “Unchained Melody”, 70 años después de que la compusieran Alex North y Hy Zaret. La mayoría de nosotros recuerda la versión aterciopelada que los Righteous Brothers interpretaron para la banda sonora de Ghost. Por eso, tal derroche de voz, de testosterona, de decibelios, no cuadran con la profunda emoción que Unchained Melody provoca en los de mi época. Afortunadamente, a la altura de la boya 13 el viento, que debe haber rolado al SW siguiendo las previsiones, vuelve a saludarnos. No perdemos medio minuto en volver a lucir la génova, pues llevando rumbo 130º lo percibimos a un descuartelar. La próxima virada, nuevamente a babor, nos augura una empopada, mas, yendo a motor y con la corriente entrante, se nos agota el aparente al poco, cayendo lacia la vela. ¡Qué poco nos duran estas alegrías!
    La conversación hace que se vayan los minutos, y poco a poco vamos viendo pasar las orillas, comprobando cómo la velocidad, según nos cuenta el GPS, ha ido subiendo gracias al empuje de la entrante. Nos mantenemos por encima de los 7 kn. El motor no hace el menor extraño, continúa incansable empujándonos hacia nuestro destino.

    17:30 pm: falta menos, calculamos unas dos horas, pues seguimos aumentando nuestra velocidad, sin subir el régimen del motor. Hemos hablado con algunos cofrades y nos las prometemos felices de poder compartir un rato, y unas copas, a nuestra arribada. Llega la hora de los espirituosos y rendimos cuentas con un Irlandés, un tal Jameson, que hasta ahora aguardaba con paciencia su turno para subir a cubierta.

    18:00 pm: la proximidad de nuestro destino, la compañía del Irlandés, y la corriente entrante aceleran el discurrir del tiempo. Nos acercamos a los 8 kn. Así lo atestiguan las boyas que se inclinan, como haciendo una reverencia, a nuestro paso, rindiendo pleitesía no a los viajeros, sino al inmenso poder de las aguas.

    19:00 pm: nos alcanza un inmenso buque, el Ievoli Fast, de 119 m de eslora y 18 de manga, con un casco naranja chillón al que inútilmente llamo por radio. Prudentemente nos apartamos de su derrota, por aquello del “ceda al peso”. ¿Nos habrá visto? ¿Le habrá importado? Nunca lo sabremos.

    19:15 pm: pasamos por delante de La Puebla del Río, con su pequeño embarcadero, y recordamos “El Rezón”, lugar donde se celebró la KDD Tabernaria, donde nos conocimos Racoon y un servidor, donde, de una forma o de otra, comenzó a gestarse esta singladura. De forma quizá poco ortodoxa lo celebramos con una sonora pitada. Nos queda muy poco. Vamos lanzados a 9.9 kn (¡por poco!). Llamamos a Puerto Gelves para anunciarles nuestra llegada y nos dan las oportunas instrucciones para encontrar nuestro atraque.

    19:30 pm: ahora sí, llegamos, 13 horas y media después de nuestra partida. Atracamos sin demasiados problemas (un garruchazo involuntario con el bichero al infortunado marinero que nos ayudó no lo tendremos en cuenta). Amarrado el barco en su nuevo puerto, dejamos finalmente descansar al motor y saltamos a tierra.

    En el “Seis Pies” damos por finalizada la jornada compartiendo nuestra alegría y apagando nuestra sed con Atarip y Mike Alfa Charlie, así como con otr@s amig@s que han venido a recibirnos.

    Ya en casa, reconfortado con una ducha y aplacado el estómago con una cena, reflexionaba. Sin nuestra querida Taberna del Puerto no nos hubiésemos conocido, sin nuestra querida Taberna no se habría planeado esta subida, sin nuestra querida Taberna, en suma, no podría estar compartiendo con vosotros esta experiencia. Brindo por nuestra Taberna, y por tod@s l@s que la llenamos día a día.

  • 22 años

    22 años, hoy hace 22 años que nuestros destinos se unieron, quiera Dios que para siempre.
    Te quiero, Carmen.

  • Sobredosis de glamour en el Blue Spirit

    “Adri, ¿cuándo me vas a dar una vueltecita en tu barco?” preguntó Mamen, mi comadre y Almiranta Excelentísima de Cuarteroni.

    “En cuanto tengamos un día buenecito, que quiero que lo pases bien”.

    “¡Eso, eso! Pero por la mañanita, que siempre he querido tomarme un Martini en cubierta, tomando el sol”.

    “(¡Ojú ya empezamos!) Pos el Martini lo pones tú”.

    “¡Pos lo pongo!”

    “Mira que son 18 pies, un velerito”.

    “¿Y qué?”

    “Que se pone asín”, dije imitando la escora con la mano.

    “É iguá, yo me tomo un Martini en tu barco con mi amiga Carmela”, que es como ella llama a la Santa que me soporta.

    “(Nostatuquivocá, shata)”, pensé para mis adentros.

    Windguru nos fue augurando un domingo de gloria, con Sur rolando a Oeste y 4 a 8 nuditos, ideal para un paseo tranquilo por la Bahía de Cádiz.

    Según lo acordado, recogimos a Mamen a las once. Nos esperaba como siempre monísima de la muerte, con una gorra y gafas de sol que me recordaron al atuendo de las Bratz. Y es que Mamen es mu suya: gadita hasta las entrañas, pero glamorosa como la que más. Vamos una mezcla entre Paz Padilla y Victoria Beckam. Cuarteroni, padre ejemplar y abnegado esposo, bregaba con la prole en la playa desde hacía un rato.

    Nos encaminamos a Pto Sherry, de donde salimos en torno a las 12 después de una maniobra perfecta. (Cada día rompo menos cosas al salir)

    Era un día hermoso, sin una nube, y sin el más mínimo atisbo de bruma, con lo que la Bahía se desplegaba ante nosotros en todo su esplendor. Coincidíamos con la salida de una regata, lo cual añadía, si cabe, más belleza al cuadro.

    “Bueno, damas, vamos a ver La Alameda”, propuse. La sugerencia fue aceptada con entusiasmo.

    Comprended entonces mi situación: a la caña de mi barco, en un día espléndido, con un suave viento de través, Cádiz bañada en luz y dos hermosas damas en la bañera. Como para desear que el tiempo ralentizara su camino y alargar la mañana todo lo posible.

    “Bueno, ¿ya puedo?” dijo Mamen, abriendo una bolsita de paño de la que sacó tres copas de fino cristal tallado, de su madre, según nos aclaró. De una neverita salieron unos botellines monodosis de Martini... y hasta aceitunitas que fueron ensartadas en sus correspondientes palillos.

    ¡¡¡Vamos, que se salió con la suya!!! Que nos tomamos, no un Martini, sino dos, pues trajo provisión para una segunda ronda.

    El faro de Las Puercas, conocido también como Torre de La Galeona, nos vio pasar, altivo como siempre, con su Virgen del Rosario protegiéndonos con su mirada maternal, mientras seguíamos rumbo a poniente.

    Finalizado el aperitivo abrimos unas latitas de Cruzcampo que remojaron unas delicias ibéricas que nada habían de envidiar el momento chic vivido minutos antes. Completado el menú con vivalvos en conserva, se sirvió café y pasteles en animada conversación.

    Volvimos a puerto en unas bordadas con viento y mar por la aleta donde lamentablemente mi gorra de LTP decidió quedarse a vivir con las mojarritas, arribando sin más incidencias.

    Mamen tuvo entonces que confesar que ahora entendía la afición que profesamos Cuarteroni y un servidor, pues el día había estado repleto de momentos inolvidables.

    Espero que, con esta sobredosis de belleza y glamour , el Blue Spirit habrá sabido perdonarme el desagradable incidente del domingo anterior, algunas de cuyas imágenes aún atormentan machaconamente a mis pobres neuronas.

    Y colorín, colorado, este corto relato se ha terminado.

  • Amanecer en el mar. Inolvidable primera vez

    Aún me estremezco con los recuerdos de la última aventura vivida, que a continuación os relato.
    Domingo 17 de agosto de 2008. A las 6 de la madrugada se reúnen tres amigos, de los de toda la vida. Mi compadre, Cuarteroni, mi primo Antonio, y este que suscribe.
    No me cabe el corazón en el pecho, pues va a ser la primera vez que salga al mar antes que el sol nos ilumine. Sin prisa pero sin pausa nos preparamos, nos ponemos los chalecos y salimos limpiamente del pantalán, lo cual ya resulta un buen augurio.
    Atravesada la bocana de Puerto Sherry viramos al Oeste. La luna llena comienza su descenso, abriendo un camino de plata sobre las aguas de un negro profundo. Nos mecen suaves olas y el viento comienza a despertarse. A la antigua usanza, nos encomendamos “a la buena de Dios” y levantamos la mayor, con un rizo, amurándonos a estribor y dejando para más adelante aumentar el trapo en nuestro velero. Apagamos entonces el fueraborda dejando que el viento nos empuje. La sensación me resulta difícil de describir. El fuego de la adrenalina que inundaba mis venas, se vio aplacado por una marea de paz que pocos mortales podrán conocer si no surcan los mares.
    Charlábamos animadamente comentando las luces que salpicaban, parpadeando, la negritud de la mar, marcando la canal de entrada a la Bahía de Cádiz. Reconocimos así al práctico, que guiaba con seguridad a un mercante, que con sus dos luces de tope nos aconsejaba mantenernos apartados de su derrota, por lo que pudiera pasar.
    Se abrió el termo y unas tazas de café reconfortaron nuestros cuerpos, poniéndolos a son con nuestros espíritus, que se encontraban exultantes de emoción ante la expectativa de un día glorioso de navegación. Cuarteroni y este que os relata acompañaron el café con algún pastelito, que nunca está la vianda mejor fuera que dentro del cuerpo.
    Lentamente, por nuestra popa, comenzamos a ver las estribaciones de la Sierra de Grazalema recortándose sobre un cielo enrojecido, cruzado por aisladas tiras de algodón, que fue virando al anaranjado y posteriormente a un amarillo intenso, que degradaba a un azul pálido, cambiando el negro del mar por un verde azulado. Llegó el momento de subir el foque, lo cual se realizó sin incidencias.
    Ante el éxito acumulado decidimos entonces invitar a cubierta a un amigo que descansaba hasta entonces en cabina. “Anda, Cuarteroni, dile al Cardenal Mendoza que suba, por favor”, pedí con educación. Sin pérdida de tiempo entró mi compadre en cabina, saliendo al poco con una petaca que me ofreció. Sin otra demora que la oportuna para agradecerle la invitación, mis labios besaron el cuello de la botellita, dejando que un pequeño sorbo de tan afamado espirituoso calentara mis entrañas. Alargué el brazo para compartir el brandy, pero lo declinó con respeto: “No, gracias, tengo el pastelito aquí atravesado”, dijo Cuarteroni señalando la boca del estómago.
    Reparé entonces en mi primo, cuya tez estaba amarilla, mirando fijamente al Este. “Tú estás mu callao, ¿no?” le dije. Por única respuesta levantó una mano sin dejar de mirar al sol naciente. Entendí de inmediato que la coloración de su cara no era reflejo del sol, sino de la ausencia de riego correcto. “¿Nos volvemos?” “No, no, seguro que se me pasa”.
    Lentamente fuimos llegando a poner a nuestro través el Bajo de las Puercas, y la visión de la Alameda, de la Torre del Gobierno Militar, de la Torre Tavira, de la Iglesia del Carmen, fue colmando nuestros sentidos. Antonio volvió a su color, y entró de nuevo en conversación, reflejo de la mejoría de un mareíllo pasajero.
    La situación pintaba cada vez mejor, por lo que decidí dar más trapo al navío soltando el rizo. Tras soltar el matafión cazamos la driza de la mayor dándole con energía al winche de estribor. Cuarteroni manejaba la caña con decisión mientras me iba al winche de babor, donde me esperaba el pajaril, al que dar la tensión correcta. Entonces, cometí un error que iba a marcar el resto de la travesía. “Antonio, pásame la manivela del winche”. Este, abandonó la visual del horizonte para mirar sus manos durante cinco segundos, mientras desenganchaba la manivela y me la pasaba. Le di tensión al pajaril y volví a la caña con alegría. En ese momento Cuarteroni estaba sentado a popa y babor, Antonio a mi diestra, en estribor, y yo a popa y estribor, sujetando la caña con suavidad, pues las velas bien trimadas hacían casi innecesaria cualquier corrección.
    Reparé entonces en el nuevo cambio de coloración, esta vez, verduzco, de la faz de Antonio, que no pudiendo más, apoyó sus manos en la regala de sotavento (todo un detalle por su parte), y adoptando la posición conocida como de “plegaria mahometana”, regaló a los peces todo cuanto sus entrañas contenían. Con la mano izquierda sostenía la caña, mientras mi diestra sujetaba a Antonio por el arnés. “No, si no me voy a caer”, me dijo. “Sería el primero que se cae por la borda vomitando”, pensé yo en voz alta. Nada que objetar al otro tripulante, que miraba por la popa, pues su emetofobia es famosa entre quienes lo conocemos.
    Ya más tranquilos, o al menos así lo parecía, vimos la enfilación de la cúpula de la Catedral, con las torres del Balneario de la Caleta, señalando la entrada a esta maravilla que Dios nos regaló a los gaditanos y, por ende, al mundo entero. Proseguimos entonces apuntando con nuestra proa a la boya ANA, que rodeamos, dejándola por nuestro babor, en torno a las 8.15 horas de la mañana.
    Cádiz refulgía entre una leve bruma dorada, mientras distinguíamos el espigón que lleva al Castillo y faro de San Sebastián, el Puente Canal, el Campo del Sur, la Catedral, el “Pirulí” de Telefónica (detrás está mi casa). La primera vez que nuestro derrotero nos llevaba a ver Cádiz desde el Oeste. Enfrentados a la Playa de Santa María del Mar, pensaba llamar a mi Almiranta para que se asomase a vernos cuando Antonio, con la cara mustia por la mar por la aleta que llevábamos, me dijo “Adri, no puedo más, tengo el cuerpo descompuesto”. La mano apoyada en el bajo vientre no dejaba lugar a dudas. Se puso Cuarteroni nuevamente a la caña mientras me metí en la cabina para disponer el WC químico para su próximo visitante. Le abrí la escotilla de proa para mejor ventilación y se lo dejé todo preparadito. Al salir, incrédulo me preguntó “¿Pero tú no te mareas ahí dentro?” “De momento, no”, respondí. “Pues no sabes lo que te pierdes”, respondió con una media sonrisa que me recordó a Bruce Willis, a quien siempre he pensado que se parece.
    Se metió dentro, cerramos el tambucho, y lo dejamos a solas con sus pensamientos.
    Cuando supuse que estaba bien aposentado, y tras avisarle y solicitar su permiso, viramos al 270º, pues la situación no tenía muchas trazas de mejorar y era el momento de volver a puerto.
    Pasaban los minutos y Antonio no salía. “Antonio, ¿estás despierto?”. “Jiiiiiiiií”. Diez minutos más tarde… “¿Tas despierto?”. “Jiiiiiiiií”. Otros diez minutos…. “¿Taspierto?”. “Guarrrrrrrggggghhhhh”. ¿? Eso sonaba a vomitona. ¡Ay, Dios!, que me veo pintando el barco, y cambiando las colchonetas, con lo monas que son a listas blancas y azules. Entonces, tímidamente, levanto un poco la tapa del tambucho para asomarme, por si puedo ayudar en algo. La impresión visual recibida sólo se puede comparar a un sartenazo inesperado en plenos hocicos. Un peludo culo en pompa, con los pantalones en los tobillos, de un Antonio que se sujetaba donde podía para apuntar al WC con los restos (¿pero le podía quedar algo en el tubo digestivo a esta criaturita de Dios?) de su alma, porque yo ya no sabía qué más podía estar vomitando.
    Anonadado me desplomé en el banco de la bañera. Ya poco podía empeorar el cuadro. O al menos eso, inocentemente, pensaba yo, mientras seguíamos a rumbo para poder volver de una bordada a Puerto Sherry. Un hilo de voz salió de la cabina anunciando “Adri, esto se ha atascao”. O sea, que sí podía empeorar el asunto. Y voy, yo, y entro otra vez en cabina. ¡¡¡Seré imbécil!!! La visión, esta vez a calzón subido, no era nada reconfortante. A la vista del sobrenadante sólo pude aconsejar a Antonio que cambiase su dieta, pues eso no podía ser sano, ¡no señor! Y decidí que ya lo intentaríamos arreglar cuando arribásemos a puerto. En mi interior rezaba para que hubiese finalizado el manantial interior de mi primo, pues poca más cabida había en el inodoro. También mis rezos se encaminaban a pedir que ninguna racha u ola intempestiva provocase una escora excesiva, pues me veía vendiendo mi barco a bajo precio.
    Volví a mi puesto, y tras haber dejado a ANA por la aleta unos minutos atrás, pusimos rumbo 40º, para apuntar a Puerto Sherry. Periódicamente comprobábamos la consciencia de Antonio, pero sus respuestas eran débiles, por lo que, haciendo un supremo acto de valor, me asomé nuevamente por una rendija del tambucho. Antonio yacía a horcajadas sobre la caja de la orza, cual motorista de Gran Premio, sujeto al puntal que soporta el peso del mástil. Después me confesó que estaba concentrado pensando que viajaba en su moto y las escoradas eran curvas. Así, cazando las velas lo mínimo, llegamos a Puerto Sherry en torno a las 12 horas, gracias a Dios todos vivos, alguno maltrecho, pero superviviente al fin y al cabo. Un atraque limpio dio término a la travesía. Y mientras Antonio yacía inerte en el pantalán –“No lo pisen, por favor, que aún vive”, advertía yo a los que pasaban- recogimos el barco, y solucionamos el presunto atasco que no fue otro que “notirardeladichosapalanquitadeabajo”. Unos paños mojados sobre la frente y un zumo fresquito de piña, tomado a pequeños sorbos devolvieron a Antonio a su ser, abandonando finalmente el pantalán en torno a las 13:30 horas del día decimoséptimo del mes de agosto del año dos mil ocho de Nuestro Señor.

    PD: Gracias a esta aventura, Antonio, asiduo practicante de aikido, y que diariamente corre en torno a los 7 km como mínimo, ha descubierto nuevos músculos que pueden doler por las agujetas consecuentes a los esfuerzos realizados para sacar de su interior lo que ya no le quedaba.

  • Por fin: navegamos!!!

    Y es que ayer, por primera vez, salimos a navegar mi Almiranta, Carmen, y yo, en nuestro barco. Y no quiero dejar pasar la ocasión sin contároslo. Alegráos conmigo. Tabernero, abre un barril de cerveza fresquita, un jamón y un queso viejo, que no nos falte de ná. Y tómate tú también algo, hombre, que no todo va a ser vigilar la barra.

    Bueno pues os cuento.

    Para empezar llegamos al pantalán cerca de la una de la tarde, con lo que entre montar el foque (de esta me he decidido, le pongo el enrollador, pese a quien pese), arranchar el barco y arrancar.... pues la una y cuarto. Lo mío no es un atraque, es un calcetín. Qué justito me va, por Dios! Total, todo listo, soltamos amarras, suavecito atrás, tomamos algo de arrancada (juro por mis güitos que lo justo para poder maniobrar)... timón a estribor... y se cala el motor!!!! Un vecino el pantalán de enfrente asiste a la hábil maniobra de garrocha española con el bichero para evitar estamparnos contra su barco. La primera, en la frente. Con los nervios intento arrancar el motor con la marcha puesta... con el subsiguiente salto y salpicón. Ya van dos. Inocentemente me encojo de hombros y le digo aquello de “es mi primera vez”. “No pasa nada” responde con cara beatífica.

    Boca seca, corazón encogío, nudillos blancos de apretar la caña, respiro hondo... y p’afuera. Salimos por la bocana de Puerto Sherry, con viento del NE, nos aproamos, arriba el foque... timón a babor... et voilá! Navegamos, en dirección 270º, con un suave vientecito por la aleta que nos lleva en torno a los 3.5 nudos. Entonces apago el motor y ¡MAGIA! Seguimos moviéndonos. Las olitas son suaves, nos brillan los ojos. Pero siendo sincero no sé si es mayor el subidón o el canguelo. A nuestra popa vemos salir el Taboga IV en dirección a Cádiz y un par de veleros nos pasan como si estuviéramos parados... pero da igual. ¡Por fin, Dios, por fín! Nos sentamos los dos en estribor, mirando a proa, estrechándola en mis brazos. Joder, cuántas veces he soñado con esto!

    Pero lo bueno dura poco. A las tres nos esperan en Cádiz para comer, así que a la media hora damos la vuelta... y ahí comienza la fiesta. Ni de coña consigo hacer un rumbo 90º, como mucho 100º, o sea, para Astilleros de Puerto Real. Un bordo al 330º, otro al 100º, otro al 330º, otro al 100º, y tras pasar un motovelero holandes que estaba fondeado dije YASTABIEN! Hubieramos podido llegar dando bordos, pero nos iban a dar las 3 sin entrar. Así que arranqué el motor (esta vez en punto muerto, como está mandado), y a navegación mixta nos acercamos hasta aproarnos, y bajar el foque.

    Ahora viene lo bueno. Hay que ponerle el calcetín al barco. Suave, suavito vamos callejeando hasta llegar a nuestro pantalán. Me acerco a las popas de los vecinos de enfrente, velocidad de maniobra... timón todo a babor... y padentro sin el más mínimo roce. ¡Y AHORA NO HABIA NADIE MIRANDO!

    Conclusión. Ha sido muy cortito, casi salir y entrar. Apenas nos ha dado tiempo a encontrarnos cómodos cuando hemos tenido que volver... pero rememorándolo no hago más que pensar en el próximo fin de semana.

  • La partida

    Con suavidad el motor diesel ronroneaba arrullándonos en la noche. Tras girar suavemente a la izquierda enfilamos el puente Carranza, recién remozado, luciendo su tercer carril reversible, delineado entre filas de luces amarillas, como si de una pista de aterrizaje sinuosa se tratase. No se movía la más mínima brisa y la Bahía se mostraba como un espejo azabache, pues la luna aún no había asomado. A mi izquierda brillaban como espadas de fuego los reflejos de las farolas de la Barriada de la Paz mientras que a la derecha titilaban las luces de San Fernando. Con pícara complicidad percibí por el rabillo del ojo el guiño rojo y verde de las balizas que muestran la canal hacia La Carraca, refugio y descanso ocasional de nuestro infatigable viajero Elcano. Entonces, matizadas por dos gotas de mar que asomaron a mis ojos, se convirtieron en estrellas las luces de los coches que, en dirección opuesta a la nuestra, entraban en Cádiz.

  • EL SITIO (ASEDIO) DE LOS REMEDIOS


    (15 minutos de punta a punta de Sevilla. Esto de ir en moto no tiene precio).

    - Buenas. Para lo del permiso de acceso a Los Remedios durante La Feria, por favor?

    - Por esa puerta, primer piso (¿dijo buenos días o algo parecido a un saludo?).

    - Gracias.

    Porque, aclarémoslo: durante La Feria, la de Sevilla, las zonas aledañas se convierten en un recinto sitiado donde sólo se puede entrar con un permiso especial. Esto se traduce en que no he visto más coches en segunda fila, en los pasos de peatones, encima de las aceras, en las salidas de los garajes y en lo alto de las zonas ajardinadas... que durante La Feria. Porque dicen que no dejan pasar a nadie, sólo a los que vivimos allí, creo haber entendido.

    El caso es que no sólo estamos agraciados con una dosis extra de polvo de albero durante los meses de sequía, o de barro de albero cuando vienen las lluvias, sino que durante una semana disfrutamos en nuestras calles de la musiquilla de las atracciones, de las Chochonas, de los Perritos Pilotos, del “panbinbo” y las conservas porque quién tiene arrestos de meterse en el Día a por comida del ídem, con lo empetado que está, y del intenso aroma a estiércol de caballo, revuelto con orina, vómitos y el bendito Zotal. En mi calle hay un bar donde es costumbre que vayan a tomar copas... subidos a caballo. Y claro, los animalitos, cuando llevan un rato parados... ¿qué van a hacer, verdad? Menos mal que cerramos el soportal. Bueno menos mal... qué poco corazón tenemos. Con la de pobrecitos desamparados que lo usaban para dormir, romper botellas o hacer sus necesidades, menores, mayores y copulatorias, de una forma discreta. ¡Qué maldad la nuestra!

    (Je, je, con lo tempranito que es, que hace 15 minutos que han abierto, acabo en un momentito -iba yo pensando- ¡... ño! ¡Ya hay 10 delante mía!)

    Mientras espero mi turno escucho sonar impenitente un teléfono al que nadie presta atención. Debe ser el 954______*. Lo sé porque he llamado unas 50 veces (¡hala, que exagerado!) Sí, 50 si no más. Una serie de llamadas (4 ó 5) cada veinte minutos hacen 12 a 15 a la hora. Y 6 horas llamando... me salen entre 72 y 90, así que me he quedado corto.

    (Chachi, sólo han pasado 30 minutos en la cola, y ya me toca).

    - Buenas. ¿Para lo del permiso de acceso a Los Remedios durante La Feria, por favor?

    - Certificado de Empadronamiento y Permiso de Circulación (debe ser muy cansado decir “buenos días” tantas veces).

    - Aquí tiene, original y fotocopia, y también del Impuesto sobre Vehículos (vulgo sello del Ayuntamiento). (Y Fe de Bautismo, si usted quiere, que traigo de todo, porsiaca, como no hay manera de conseguir información telefónica...)

    - ¿Es usted el propietario?

    - Sí.

    - ¿Y tiene el impuesto al día?

    - (Vaya por Dios, ya empezamos). Sí.

    Recoge los documentos que le entrego, originales y fotocopias. Se aleja unos metros, el teléfono sigue sonando de fondo, se sienta a los mandos de un terminal y me dice, con un tono de voz algo más elevado para que se le oiga bien:

    - ¿Me dice la matrícula?

    - (Menos mal que me la sé, porque los papeles los tiene ella). Claro, el ...

    - ¿Es usted el propietario?

    - (No recuerdo haber vendido el coche en estos últimos 3 minutos. Además no puedo porque los papeles los tiene ella). Sí.

    - ¿Y tiene el impuesto al día?

    - (¡Ostras! ¡Amnésica!). Sí.

    - Ya. Es que en el ordenador sale que usted es el propietario y tiene el impuesto pagado (me temía que se iba a descubrir que yo era el propietario y tenía el impuesto pagado... y así ha sucedido), pero que no se lo hemos enviado.

    - (Vaya por Dios, al final se va a saber todo. Es terrible que el mundo se entere que a mí lo que realmente me pone es venir a los centros oficiales). Ya, claro.

    - Bueno, pues rellene este impreso.

    Relleno mis datos, acompañado por el dulce sonido del teléfono al que nadie hace el menor caso, y, aleccionado por quien me atiende, escribo en donde pone SOLICITA: Permiso para acceso a Los Remedios durante la Feria... y lo firmo.

    - Y ahora, aquí, donde pone EXPONE, escriba Recibí Permiso para acceso a Los Remedios durante la Feria y lo firma.

    (De película, esto es de película. O sea, que, leyendo de arriba abajo pone primero que Recibí... y después que SOLICITA... Como dijo el filósofo... ¡Qué país!).

    Finalmente, una hora después de comenzar el periplo tengo el dichoso papelito en mi poder. Salgo acompañado por el machacón sonido del teléfono. Decididamente es el 954______*.

    Y ahora la reflexión es...

    1.- Pago mi correspondiente IBI, y estoy empadronado, por lo que estimo tengo derecho a vivir donde vivo.

    2.- Pago el impuesto del coche en Sevilla, por lo que supongo tengo derecho a circular con él.

    3.- Me recortan el derecho a circular por mi barrio, como a todo el mundo... ¿y tengo que perder mi tiempo y mi dinero –horario laboral, que no abren por las tardes, no vaya a ser que sea más fácil para el ciudadano- para subsanar un (uno de tantos) errores administrativos?

    4.- En estos tiempos que corren en los que te puedes comprar un billete de autobús de Connecticut a Massachusetts sin levantarte del asiento, que nadie coja el pobre teléfono...

    Iba yo pensando si poner una reclamación o no, pero... para qué les voy a dar un motivo más para cachondearse de mí, ¿verdad?

    Y como este es mi blog, aquí queda reflejado. ¡Te odio! (no a tí que lees esto, sino a “...”, quede claro). He dicho.

    *Nota aclaratoria: iba a poner el número de teléfono pero, ¿para qué? Total, nunca descuelgan.

  • Carlos y yo tras bucear en Marbella

    Carlos y yo

    Queridos cofrades.

    Si la nobleza y buena educación obligan a pagarse unas rondas al iniciar un tema en este foro, esta vez uno a estos dos motivos el inmenso orgullo y la alegría por un hecho histórico. Quedan invitados a brindar conmigo por los 10 chavalas y chavales con Síndrome de Down que rubricaron con éxito su Curso de Buceador de 1 estrella, con una inmersión gloriosa celebrada en Marbella el pasado día 8 de octubre.

    Fue una mañana de intensas emociones, no sólo para los cursillistas, que recibían con doble asombro las impresiones que todos nos llevamos cuando nos iniciamos en este mundo. Doble asombro porque el natural de descubrir la vida que nos rodea, la sensación de volar, y la extrañeza de poder respirar bajo el agua se ve corregido y aumentado por la limpieza de corazón de niño que albergan.

    Sin duda para ellos fue un día histórico, pero, y en esto me cabe aún menos duda, también lo fue para todos aquellos, monitores, voluntarios y familia que compartimos con ellos este día. Si como platos eran sus ojos al salir del agua, más grande era la ternura que se apreciaba en la sonrisa de los monitores que les acompañaban.

    Es por eso que repito mi brindis, y espero sus respuestas a mi envite: con mi mayor respeto y admiración, va por ellos. ¡con dos coj...!

    Y como muestra un botón. Adjunto una foto en la que estamos mi hermano y yo recién salidos del agua.

  • Viejos Aires de Ciudad

    Hoy recuerdo con nostalgia,
    recién pasada la infancia,
    cuando subí la escalera
    de mi vieja Facultad.
    Cuántas bellas ilusiones,
    cuán amargas decepciones,
    qué largas noches en vela,
    cuánto empeño en estudiar.
    Aún recuerdo que en las rondas
    se encendían los corazones
    cuando bajo los balcones
    se entonaba una canción.
    Se adornaba La Alameda
    con un manto azul de seda
    y galán de noche en flor,
    y lucía mi morena
    negro y plata en la melena
    reflejando mil estrellas
    que alumbraban nuestro amor.
    Hoy otra vez
    enredaos al viento Cintas de mi Capa.
    Quiero volver
    a escuchar las notas de un Ronda de España.
    Canta, alegre Payador
    Ojos de Española que alumbran mi amor.
    Cuando suena un Amapola
    se paran las olas
    por verte mejor.
    Y eres, niña gaditana,
    luz de la mañana
    y envidia del sol.
    Viejos Aires de Ciudad,
    mi eterna compañera,
    de luz, espuma y sal.
    A la orilla de tu mar,
    una bella sirena
    de labios de coral,
    que jugaba con su voz,
    cautivó mi corazón
    bajo una luz de luna llena.
    Y esas calles gaditanas,
    sobre cuyos empedrados
    yo canté en tiempos pasados
    y que hoy vuelvo a recorrer,
    son testigos del anhelo
    de este corazón tunero
    que se niega a envejecer,
    y que canta al mundo entero
    su alegría y su consuelo
    de saber que siguen vivos
    los recuerdos del ayer.
    Hoy otra vez...

    Dedicado, con mi amor eterno, a Carmen, sin cuya luz mi vida no tendría sentido.

  • Gran Regata Cadiz 2006

    img_2726 
    Vista del Amerigo Vespuccio. Gran Regata. Cádiz, verano 2006.

    Mar de Velas
    A bordo del Florida, precioso Fortuna 9, acompañamos a la Parada Naval en su despedida de las aguas de nuestra Bahía. Apenas podía hablar para describir el espectáculo, un nudo apretaba mi garganta y las lágrimas nublaban mi vista. No eran los imponentes navíos lo que embargaba mi corazón, sino la ingente cantidad de velas blancas que salpicaba el azul verdoso de las aguas. Inolvidable.

    Más fotos en http://www.flickr.com/photos/ktrauma

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